El ego es el enemigo — Ryan Holiday
Primera parte: Aspiraciones
El silencio es una fortaleza, especialmente al comienzo de cualquier viaje. Mantenerse deliberadamente fuera de la conversación y subsistir sin validación externa es propio de quien es fuerte y seguro de sí mismo. El silencio no es debilidad: es descanso interior, es dominio.
Las apariencias engañan. Tener autoridad no equivale a ser una autoridad. Tener derecho no es lo mismo que estar en lo cierto. Un ascenso no garantiza mérito; impresionar no significa ser verdaderamente impresionante. El ego se alimenta de confusiones como estas.
Por eso, al elegir un camino, la pregunta no debe ser qué quiero ser, sino qué quiero lograr. Hay que dejar de lado los intereses egoístas y preguntarse: ¿qué principios guían mis decisiones? ¿Quiero ser uno más o hacer algo distinto y significativo?
El verdadero estudiante es como una esponja: absorbe, filtra, retiene lo valioso. Es autocrítico, se motiva a sí mismo, busca comprender mejor para afrontar el siguiente reto. Es, a la vez, su propio profesor y su propio crítico. Allí no hay espacio para el ego.
Muchos grandes maestros son gratuitos: personas que enseñan sin proponérselo, figuras históricas cuyas lecciones sobreviven en libros y ensayos. Aprender exige humildad. Exige mantener el control, hacer el trabajo y no convertirse en esclavo de la pasión.
Porque la pasión, aunque seductora, suele ocultar debilidad. Ansiedad, impetuosidad y frenesí son malos sustitutos de disciplina, dominio y perseverancia. Si la locura es repetir lo mismo esperando resultados distintos, la pasión descontrolada es una forma de ceguera voluntaria: nubla el juicio crítico.
Lo que necesitamos es propósito con límites y realismo con perspectiva. El propósito orienta; el realismo pregunta: ¿dónde empiezo?, ¿qué hago ahora?, ¿esto realmente me hace progresar? La pasión pone la forma por encima de la función; el propósito insiste en la función, la función, la función.
En lugar de buscar protagonismo, conviene ser el anteámbulo. Despejar el camino para que otros puedan pintar en el lienzo. Apoyar para que otros estén bien. Esa es una estrategia silenciosa y expansiva de poder: promover la creatividad ajena, facilitar colaboraciones, eliminar distracciones. La grandeza suele tener orígenes humildes.
Aceptar el plato que nos sirven, masticarlo aunque resulte amargo, trabajar con más empeño y hacer caso omiso del ruido: eso es control. La gente verdaderamente exitosa domina sus fantasías de grandeza. Vive en lo tangible, aunque sea incómodo. Se adapta, participa, aprende.
Segunda parte: Éxito
No basta con ser estudiante al inicio; es una condición de por vida. Se aprende de todos: de quienes admiramos, de quienes nos superan, incluso de quienes nos desagradan. El ego no debe impedirnos oír ninguna lección.
Cuando aspiramos a algo, debemos resistir la tentación de imaginar el éxito como una narrativa clara y lineal. Y cuando lo alcanzamos, debemos evitar fingir que todo salió exactamente como lo planeamos. El éxito real es trabajo, creatividad, persistencia y también suerte.
Como recordaba Séneca, un gran destino puede convertirse en una gran esclavitud. El éxito no es tener más que los demás; es ser lo que somos y hacerlo tan bien como sea posible, sin sucumbir a distracciones ni vanidades.
Las personas inteligentes se recuerdan que su poder tiene límites. El privilegio mal entendido hace creer que todo se merece y que los demás valen menos. Frente a ello, el filósofo francés Pierre Hadot hablaba de la “sensación oceánica”: la conciencia de que lo humano es apenas un punto en la inmensidad. Esa perspectiva nos libera y nos devuelve a preguntas esenciales: ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿cuál es mi papel?
En lugar de enfurecernos o buscar ventajas mezquinas, debemos reconciliarnos con la realidad, recordar todo lo que existió antes que nosotros y cuán efímero es todo. Esa conciencia mantiene la sobriedad frente al éxito. Porque el ego siempre revolotea, esperando inflarse.
Tercera parte: Fracaso
Como observó Goethe, la gran falla es verse como más de lo que se es y valorarse como menos de lo que realmente se vale. El fracaso es inevitable: no siempre nos elegirán, no siempre ganaremos, no siempre saldrá todo según lo previsto. Las leyes de la gravedad y del promedio nos alcanzan a todos.
La única salida es enfrentar el problema. Las personas humildes y fuertes recurren a la resistencia estoica. Su identidad no depende de la validación constante. Pueden seguir adelante. Eso importa más que el éxito: la capacidad de responder a lo que la vida pone enfrente.
Existen dos tiempos: el tiempo muerto, en el que se espera pasivamente, y el tiempo vivo, en el que se aprende y se actúa. Cada fracaso plantea esa disyuntiva. Aunque no controlemos las circunstancias, sí controlamos el uso que hacemos de ellas.
Habrá momentos en que hagamos todo bien y aun así los resultados sean negativos. Por eso conviene no apegarnos a los resultados. Que el esfuerzo, la fidelidad a nuestros propios estándares, sea suficiente. Como dijo una vez Séneca: “Aquel que le teme a la muerte nunca hará nada digno de un hombre vivo”. Podríamos añadir: quien hace cualquier cosa por evitar el fracaso, terminará haciendo algo digno de él.
El reconocimiento es accesorio. El rechazo pertenece a otros, no a nosotros. El mundo es indiferente a nuestros deseos; hacer el trabajo es suficiente.
Superar el ego exige oír las críticas, discernir entre las que carecen de valor y las que contienen verdad. Exige preguntarnos a tiempo: ¿es esta la persona que quiero ser? La recuperación no es épica; es dar un paso tras otro.
Perderemos cosas. Enfrentaremos límites. El ego insiste en que somos inamovibles; esa fantasía convierte la adversidad en una afrenta intolerable. Pero odiar solo posterga la culpa y distrae del aprendizaje. Como enseña el viejo dicho: se aprende más del error que del éxito.
El autoexamen incomoda, pero es necesario. Hay que barrer el suelo cada día, y volver a barrer. Medirse no por la victoria ocasional, sino por el propio potencial y los propios estándares. Ganar puede ser cuestión de suerte; convertirse en la mejor versión de uno mismo es cuestión de disciplina.
Este camino es arduo al comienzo, pero termina por volvernos menos egoístas. Nos permite pensar a largo plazo, compartir el crédito, aceptar reveses temporales sin dramatismo. No se trata de perseguir más por codicia, sino de avanzar hacia una mejora real.
Porque el ego es el enemigo. Y combatirlo no es un acto único, sino un trabajo cotidiano.
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