El buen lector se hace, no nace- Felipe Garrido
La lectura es una ventana a través de la cual los niños descubren el mundo y se conocen a sí mismos. No es suficiente con enseñar a descifrar signos; es necesario formar lectores capaces de atribuir sentido a lo leído, de gozar y de profundizar en los textos. Sin embargo, nuestro sistema educativo ha demostrado ser ineficaz para lograrlo. El verdadero problema no es el analfabetismo, sino los millones de personas que, a pesar de haber pasado años en las aulas, no han desarrollado el hábito ni el placer de leer.
Un lector auténtico es aquel que lee por voluntad propia, todos los días, comprende lo que lee —o se esfuerza por hacerlo—, utiliza la escritura y valora los libros. La lectura no es una actividad pasiva; es un acto creativo, comparable al de un músico que interpreta una partitura. Para formar lectores así, es fundamental contagiar el gusto por la lectura desde el ejemplo: leyendo en voz alta, compartiendo textos, permitiendo el acceso a libros diversos y conversando sobre lo leído.
La literatura, en particular, desempeña un papel esencial. Actúa no solo sobre el intelecto, sino también sobre la intuición, los afectos y la imaginación. Exige más del lector, pero también ofrece más: la posibilidad de acceder a experiencias humanas profundas, de ampliar la conciencia y de desarrollar el pensamiento crítico. Leer literatura prepara para leer cualquier otro tipo de texto.
Frente a la inmensidad de libros existentes, es inevitable sentir que la vida es breve y que nunca podremos leerlo todo. Pero no se trata de cuántos libros leamos, sino de cómo los leamos. La profundidad del trato, la calidad de la comprensión y el placer que obtenemos son lo que realmente importa. Cada lector elige sus propios caminos, guiado por sus circunstancias, su lengua y sus afinidades.
Para revertir la falta de lectores, es necesario un esfuerzo colectivo. Padres y maestros deben leer con los niños todos los días, sin otro objetivo que el disfrute. Las escuelas deben priorizar la comprensión y el uso significativo de la escritura, más allá de los libros de texto. Las bibliotecas deben multiplicarse, pero sobre todo, debe multiplicarse el acceso a la experiencia lectora.
La lectura se aprende leyendo, de la misma manera que se aprende a hablar: inmerso en un entorno donde el lenguaje tiene sentido, con demostraciones, expectativas claras, libertad para aproximarse, oportunidades de uso y retroalimentación natural. No se trata de corregir obsesivamente, sino de acompañar con entusiasmo y confianza.
En definitiva, formar lectores es una tarea urgente y noble. No se limita al ámbito escolar; es responsabilidad de toda la sociedad. Lectores capaces de comprender, gozar y criticar lo que leen son ciudadanos más libres, más críticos y mejor preparados para construir un mundo más justo. La lectura no es un lujo, sino una necesidad espiritual tan vital como el pan. Y como bien decía Gianni Rodari, no se trata de que todos sean escritores, sino de que nadie sea esclavo.
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