Si los gatos desaparecieran del mundo- Genki Kawamura

Cuando la muerte se acerca, uno empieza a revisar su vida con otra mirada. Me sorprendió notar que, incluso en este momento tan trascendente, no podía confiar en W. para hacerle mi última llamada. Siempre habíamos creído que hablábamos de cosas importantes, pero, en realidad, jamás llegamos a compartir nuestros pensamientos más profundos. ¿Es posible mantener una amistad real sin verdadera intimidad? Tal vez no.

El teléfono móvil, ese invento que irrumpió en nuestras vidas hace apenas veinte años, se ha convertido en una extensión de nuestro cuerpo, una fuente de dependencia disfrazada de libertad. Lo curioso es que nadie lo necesitaba antes de su invención, y sin embargo, su sola ausencia ahora provoca ansiedad. En un mundo dominado por las pantallas, me sorprendió presenciar la paz de un tranvía donde, por un instante, la gente había dejado de mirar sus móviles. Leían, escuchaban música, contemplaban el paisaje. Vi sonrisas donde antes solo había concentración ansiosa. Tal vez, al eliminar algo, no solo ganamos tiempo, sino que contribuimos a mejorar el mundo.

Me pregunté entonces qué otras cosas habían desaparecido del mundo sin que nos diéramos cuenta. Como cuando un objeto querido se extravía sin motivo aparente: una taza favorita, unos calcetines nuevos. Pequeñas pérdidas invisibles que ocurren en algún lugar, sin que nadie las advierta. Y sin embargo, son esas pérdidas las que marcan la textura de una vida.

Cuando recibí la noticia de mi enfermedad, sorprendentemente no me desesperé. Tal vez por eso nadie más lo hizo. ¿Por qué exigimos a los demás reacciones que ni nosotros somos capaces de tener? Quizá lo único que deseaba era que alguien compartiera mi temor, que lo hiciera suyo, aunque solo fuera por un momento.

Recuerdo cómo en el pasado podía pasar horas hablando por teléfono. En especial con aquella persona con la que, paradójicamente, no sabíamos qué decirnos cuando estábamos juntos. La distancia, mediada por el teléfono, parecía darnos voz. Fue con esa misma facilidad que nos separamos, tras cinco minutos de conversación. Después de mil horas de palabras, solo bastaron cinco para terminar. Lo cierto es que ese pequeño dolor que quedó, esa punzada inexplicable, es lo que algunos llaman arrepentimiento.

Y así, descubres que un ser humano no muere mientras tenga comida, agua y un lugar donde dormir. Todo lo demás, casi todo en el mundo, es prescindible.

Quizás solo unas pocas veces en la vida uno se siente atraído por alguien completamente diferente. A veces se convierte en un gran amigo. Otras, en un amor. Y como en las películas, esos encuentros conectan esperanza y desesperación. La vida es como un filme proyectado en una pantalla en blanco. Una historia que, si elimináramos las escenas aburridas, duraría solo cinco minutos. Pero no se trata de cortar, sino de mirar entera esa película, con todas sus secuencias largas e insípidas y esos pequeños instantes que deseamos eternizar.

Y en esa vida-película, uno cambia. No la película. Somos nosotros los que, al mirar atrás, entendemos que ya no somos los mismos. Escenas que antes dolían ahora nos hacen reír. O al revés. Al final, el recuerdo de lo que sentimos se desvanece, y solo queda el eco de una emoción olvidada.

He perdido cosas. He ganado otras. Al hacerme adulto, he dejado atrás emociones que ya no volverán. ¿Qué banda sonora acompaña mi vida? No una orquesta grandiosa. Tal vez una melodía sencilla de guitarra. Solo deseo que cuanto más triste sea la escena, más alegre sea la música.

Los seres humanos vivimos atrapados por el tiempo, una convención que nosotros mismos inventamos para domar la incertidumbre. Nos colgamos el reloj en la muñeca como símbolo de control, cuando en realidad solo buscamos consuelo. Porque la libertad, sin duda, va acompañada de inquietud.

Y luego está Col, el gato. Su inocencia, tan distinta a la complejidad humana, hacía aún más cruel el saber que yo iba a desaparecer de su mundo. Tal vez un día me olvidaría. Y sin embargo, el calor de su cuerpo sobre mis rodillas me serenaba. Los gatos no conocen la soledad como nosotros. No se sienten solos; simplemente están o no están con alguien. Solo los humanos sufrimos la soledad.

Amamos. Ese amor que a veces duele, que a veces salva. El mismo amor que vi en el rostro de mi madre, aunque nunca supe agradecerle lo suficiente. Nunca le regalé una flor. Nunca le pregunté si tenía sueños. ¿Por qué creemos que las personas estarán ahí para siempre?

Ahora lo entiendo: la familia no se es, se hace. Mi padre y yo solo compartíamos un vínculo de sangre, pero creímos que bastaba para entendernos. Cuando descubrimos que no era así, ya era tarde.

Col no recordaba el mar ni el ryokan. Pero sí recordaba que había sido feliz. Al mirar una foto antigua, comprendí lo que mi madre realmente deseaba: vernos juntos, aunque fuera una vez, antes de morir. Su último viaje no fue por ella, sino por nosotros.

Ahora, mientras reflexiono sobre mi final, veo que el futuro ya no es algo que se extienda hacia delante, sino algo que viene hacia mí, inevitablemente. Como si toda mi vida hubiera sido un camino que desemboca en este punto fijo. Solo cuando aceptamos la finitud comenzamos a pensar en el sentido de todo lo vivido.

Y entonces comprendo que los arrepentimientos por pequeñas cosas no son insignificantes. Son hermosos. Son prueba de que he vivido.

Hasta en la muerte hay grados, tarifas, niveles. Incluso en el ataúd hay clasificaciones. El ser humano es, sin duda, el ser más fastidioso del planeta. Incluso hasta el final.

Pero, pese a todo, hay belleza en esta vida caótica, en sus contradicciones, en su dolor, en sus pérdidas. Hay belleza en los gatos, en las despedidas, en los silencios del teléfono, en las películas incompletas y en los recuerdos que ya no duelen.

Y quizá, después de todo, vivir no sea otra cosa que eso: aprender a desaparecer del mundo, poco a poco, con amor.

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