Coca y realidad — Baldomero Cáceres
En la vida académica norteamericana se ha hecho célebre el proverbio “publica o perece”, el cual se ha extendido por todo el mundo “civilizado”. Este fenómeno ha tenido una consecuencia lamentable: la mayor contaminación ambiental del intelecto —una verdadera intelectual pollution— que la historia haya conocido. En este contexto, la cantidad ha terminado por reemplazar a la calidad.
Pero, ¿qué mal puede haber en favorecer la introversión? ¿Acaso los extravertidos —sin negar su derecho a serlo— pretenden imponer un modelo de vida en contra de quienes no comparten su misma actitud? ¿Es acaso tan peligrosa la vida interior que debamos prohibir la poesía y la oración en beneficio del productor-consumidor moderno, ese que frecuenta los shopping centers, templos del culto al consumo, y cuya epistemología parece resumirse en el lema: “compro, luego existo”?
La supuesta “mentalidad autista y esquizoide” que algunos atribuyen al coquero no pasa de ser una patraña. ¿Quién de nosotros —y me incluyo junto a los psiquiatras— podría negar que, sometido a un interrogatorio riguroso, terminaría confesando algunas de sus ensoñaciones? Sobre todo si estuviera detenido. Por el contrario, los antropólogos han señalado claramente que el coqueo cumple una función social importante: se recurre a él precisamente en situaciones que demandan una adecuada interacción y ajuste a la realidad, especialmente durante el trabajo duro en condiciones adversas.
Algunos estudios sugieren que el deterioro intelectual observado en ciertos adictos a la coca se debe a la acción simultánea de diversos factores, entre los cuales se incluye el hábito de consumirla. En resumen, según esta visión, los coqueros serían “débiles mentales” a causa de la coca, aunque esta no pueda considerarse, “momentáneamente”, la causa principal. Sin embargo, tal afirmación ignora que el concepto de inteligencia es siempre relativo: depende de la eficacia con que una persona se mueve dentro de su propia cultura. Nadie calificaría de torpe a un médico citadino por no saber manejar una chakitaklla, pero sí lo sería si, al escribir un artículo científico, no cumpliera con las normas mínimas de su propio ámbito cultural. Este tipo de “investigaciones” sobre los coqueros ilustran precisamente esa incoherencia.
Todo intento de legitimar la opresión en el mundo cristiano implica, en última instancia, una traición a sus propios principios. Todo colonizador busca versiones que justifiquen la inferioridad del colonizado. ¿Qué culpa puede tener el pueblo andino de que ciertos sectores privilegiados hagan mal uso de una sustancia extraída por las “eminencias” occidentales de la hoja sagrada?
El hombre moderno —occidental y “cristiano”—, racionalista en un mundo profanado, padece los males de su propia soberbia. Se resigna a constatar sus desgracias y ensaya caminos absurdos, negándose a abrir los ojos. Por eso mismo, subestima las fuerzas que podrían liberarse y continúa su campaña contra la hoja sagrada del antiguo Perú. Esencialmente antitradicionalista, se proclama el “adulto” de la historia, aunque deba doparse con tranquilizantes, televisión o sexo, o recurrir al psiquiatra para “guardar la cara” y no derrumbarse ante la melancolía, la violencia o el suicidio, manifestaciones todas de su desesperanza.
En los Andes, como último refugio, sobrevive un pueblo para el que toda historia es historia sagrada. Son los desposeídos y los mansos de la tierra. Las alturas los han protegido. El pueblo andino, más que ningún otro, en un tiempo y espacio sagrados… aguarda.
Coca y realidad- Baldomero Cáceres
En la vida académica norteamericana se manifestaría en el conocido proverbio “publica o perece” que se ha extendido por todo el mundo “civilizado” con el resultado consiguiente: la mayor contaminación ambiental del intelecto (intelectual pollution) que ha conocido la historia. La cantidad reemplaza a la calidad.
En efecto, ¿qué mal puede haber en favorecer la introversión?, ¿es que los extravertidos (no discuto el derecho de los autores a serlo) pretenden mostrar un proceso en contra de los que no son como ellos?, ¿es la peligrosa vida interior que debiera prohibirse la poesía y la oración en beneficio del productor-consumidor que frecuenta los “shopping-centers” (templo del culto al consumo) y cuya epistemología comienza por el compro, luego existo?
La mentalidad autista y esquizoide que se atribuye al coquero no pasa de ser una patraña, ¿quién de nosotros mismos (estoy seguro que también psiquiatras) si es sometido a un interrogatorio (que infiero debido al estilo de pensamiento dogmático no terminaría confiando algunas ensoñaciones…, sobre todo si estuviéramos detenidos? Tendríamos que agregar que como lo han señalado claramente antropólogos es justamente al coqueo que se recurre en situaciones en las cuales se trata de asegurar una debida interacción social y de ajuste a la realidad que es el trabajo duro en adversas condiciones.
Se sugiere tentativamente que el deterioro intelectual encontrado en adictos a la coca está causado por la acción simultánea de diversos factores, incluyendo el hábito de la coca entre los más importantes. En resumen: los coqueros eran débiles mentales debido fundamentalmente a la coca, aunque “momentáneamente” no pudiera ser considerada “la causa”.
El concepto de inteligencia, en efecto es relativo: se remite a la eficacia para movernos al interior de una cultura dada. Nadie calificaría de “torpe” a un médico citadino que fuera incapaz de manejar adecuadamente una chakitaklla, pero sí lo merecería en el caso- que pretendiendo escribir un artículo científico incumpliera con normas mínimas de tal cultura, como esta nueva “investigación” ilustra.
Todo intento de legitimación de la opresión en el mundo cristiano implica, en efecto, la traición a sus propios principios.
Todo colonizador aspira a versiones que justifiquen la inferioridad del colonizado.
¿Qué culpa puede tener la población andina de que especialmente sectores privilegiados hagan mal uso de una sustancia extraída por “eminencias” occidentales de la hoja sagrada?
El hombre moderno (occidental y “cristiano”), racionalista en un mundo profanado, por su soberbia se resigna a constatar sus males y ensayar absurdos caminos. No quiere abrir los ojos. Por ellos, igualmente, podría subestimar las fuerzas que se pueden liberar y proseguir la campaña contra la hoja sagrada del antiguo Perú. Esencialmente anti-tradicionalista, sostiene que es el “adulto” de la historia aunque tenga que doparse (tranquilizantes, TV, o sexo pueden cumplir la misma función), o recurrir al apoyo de un psiquiatra para “guardar la cara” y no desplomarse en la melancolía, la violencia o el suicidio, manifestando su desesperanza.
En los Andes, como último refugio, sobrevive un pueblo para el que toda historia es historia sagrada. Son los desposeídos y mansos de la tierra. Las alturas lo han protegido. El pueblo andino, como ningún otro, en un tiempo y en un espacio sagrado…, aguarda.
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