Escritor fracasado y otros cuentos- Roberto Arlt
Nadie imagina el drama que se oculta bajo las líneas de mi rostro sereno. Yo también tuve veinte años: veinte años soberbios como los de un dios griego, una edad en la que la proximidad del triunfo hacía sonreír con la certeza de tocar el cielo con la punta de los dedos. Desde aquella altura perfumada contemplaba el paso perezoso de los mortales en una llanura de ceniza, y los inmortales no eran para mí sombras doradas, sino seres cercanos que reían con carcajadas enormes. Yo los reverenciaba, conteniéndome a veces para no lanzarme a la calle a gritarles a los tenderos que yo también pertenecía al linaje de los elegidos.
Mis veinte años prometían la gloria de una obra inmortal. Bastaba mirar mis ojos lustrosos, sentir el endurecimiento de mi frente, la voluntad en mi mentón, o escuchar el timbre firme de mi risa para comprender que la vida desbordaba de mí como de un cauce demasiado estrecho. Pero así como un viajero inexperto que avanza sobre una llanura helada descubre de pronto que el hielo se quiebra y asoma, inmóvil, el mar que habrá de tragárselo, yo descubrí con igual horror la catástrofe de mi genio: el derrumbe de mi violencia creativa. Aquella tierra firme era apenas una delgada capa endurecida por la ilusión, y bastó la tibieza de un primer éxito para derretirla.
Miré mi pasado —apenas dos años atrás— con el terror de quien ha vivido un siglo en plena esterilidad. No había escrito una línea. Me deleitaba revolotear como un lechuzo sin causa aparente; gastaba bromas crueles a quienes tomaban la vida en serio y sostenía que sólo los badulaques profundos otorgaban importancia a lo que producían. Sin embargo, en la superficie de mi conciencia se abrían grietas que destilaban un salitre amargo: la envidia. Nada me ofendió más que el éxito de un compañero al que despreciaba. Aun así, me consolaba pensando que ese éxito era una bagatela frente a las posibilidades encerradas en mí. Yo era una esperanza, y una esperanza desbordada siempre se cree superior a cualquier realidad mensurable.
Espoleado por el amor propio, me juré llegar muy lejos sin advertir que ese «muy lejos» pertenecía al pasado. Repetí ritornelos optimistas, me grité que era un genio capaz de conquistar África y América, pero aquella fraseología no conmovió mis facultades creadoras. Ante mis ojos reapareció entonces una vida vacía y frívola. Me indigné contra mi intelecto; intenté intimidar a la inspiración, infiltrarme en mi propio subconsciente. Fue inútil. Me encerré una semana esperando la fuerza maravillosa que inspiraría páginas inmortales, y sólo obtuve una intoxicación tabacosa. Harto del encierro, salí a buscar la vida preguntándome por qué yo no podía producir y otros sí. ¿Dónde estaba la misteriosa raíz del talento? ¿Cómo podía un hombre torpe, que hablaba como un imbécil, escribir páginas llenas de originalidad? ¿En qué consistía, en definitiva, la personalidad?
La juventud —ya me sentía viejo— fue sustituida por un bloque de indiferencia dura como el granito. Y sin embargo, seguía siendo joven: leía libros hermosos y mi concepto de lo bello rebasaba en teoría al de muchos que, sin teorizar, creaban obras. Un día me encontré cara a cara con la soledad del intelecto: un desierto gris donde el sol permanece inmóvil y cualquier paso puede conducir a la muerte o al sueño definitivo. Pensé en matarme; un gramo de veneno habría resuelto mi problema. Pero retrocedí: los edificios parecieron más nuevos y los geranios más verdes. La verdad, sin embargo, era devastadora: estaba vacío como una naranja exprimida.
Detestaba la felicidad de los simples y, al mismo tiempo, buscaba su compañía con la secreta esperanza de que ellos pudieran restañar la úlcera de mi desprecio. Mi vanidad creció y mi soberbia también: me juzgué una estatua intocable de mármol blanco. ¿Qué podía impedirme escribir un libro negativo, un Eclesiastés para intelectuales sietemesinos que demostrara la inutilidad de sus esfuerzos frente al universo? ¿Para qué sacrificarse si el resultado final es apenas distraer a un lector desconocido durante unos minutos? La soledad del cuarto me provocó repulsión; los libros, desidia. Cambié una y otra vez mis planes hasta que, cansado, mandé todo al diablo.
La vida era breve y resultaba ridículo consumir la juventud garabateando papelotes infames. Además, era evidente que la literatura no reformaría a la humanidad. Un día creí comprender el secreto del silencio del «fuego sagrado»: me estaba volviendo exigente. Siempre desprecié al gran público; lo consideré una bestia eterna. Aun así, condescendimos —nosotros, los supuestos dioses— a interesarnos en las masas, pero ellas insistieron en ignorarnos. Allí se disolvieron mis últimas ilusiones sobre la dignidad humana. La técnica no mejoraba al hombre: quien escribía una hermosa estrofa solía ser, en la vida práctica, una letrina ambulante. La desilusión nos contagió y nos dispersamos. Hasta para insultar al prójimo uno se cansa.
Yo, asustado, reconocí que no había producido nada salvo escándalos pasajeros. Sobrevivía girando en descubierto, alimentado por las promesas de mi brillante juventud. Como un demente que extrae de su locura los elementos para hundirse más, así extraía yo de mi imaginación el veneno que me amarillaba los ojos. No soy humanamente nada; esa certeza me desconsuela, pero no puedo resignarme. «Es necesario que hable —me digo— aunque todos deseen crucificarme o escupirme». ¿Qué importa la crucifixión cuando se ha estado tanto tiempo triste? Mi desventura no disminuiría ni un adarme.
Ya no despertaba interés. Me recibían afectuosamente, sí, pero con la cordialidad tibia reservada a los cadáveres vivientes. Los fracasados nos reuníamos sólo porque la soledad nos resultaba insoportable; nada teníamos que hacer. Yo, sin talento para lacayo siquiera, teñí mi fracaso con un barniz elegante. Era el hombre que no se enteraba de nada, ni de la guerra chino-japonesa. Y cuando varios como yo nos reuníamos, encontrar un tema de conversación era imposible: un «oh» y un «ah» interminables ante sucesos que ninguno conocía.
Arrojé a la basura el dandismo y mi impotencia disfrazada. Descubrí que era un hombre de carne y hueso, capaz de admirar el talento incluso entre excrementos. Me convertí en protector de genios nonatos, en manager de inteligencias crepusculares, en entrenador de talentos a la violeta. Pero volví a desilusionarme y quedé solo otra vez. Intenté por enésima vez crear algo hermoso y permanente, perturbar el alma de mis semejantes; mi esfuerzo se evaporó.
Mi cuarto estaba lleno de libros, cuadros y comodidades. Pensé que la inspiración requería una austeridad monástica, así que reemplacé los vidrios por vitraux medievales, el sillón por un banquillo colonial, la mesa por un mueble severo, las lámparas por un candelabro de hierro y encendí la vela. No obtuve inspiración; sólo recrudecieron mis almorranas. Desterré la Edad Media y busqué aventuras amorosas. Creí que la inspiración estaría en los brazos de una mujer, pero salí erizado como un gato mojado.
Comprendí la verdad: no tenía nada que decir. Mi mundo emocional era pequeño, limitado a ambiciones personales sin valor. Soy un burgués egoísta; nada me indigna seriamente y tampoco ardo en deseos de deslumbrar. Si alguna vez dije que sufría por no poder escribir, mentí para parecer interesante. Observo con placer cómo quienes creían que yo estaba amargado se retiran confundidos, sin saber cómo clasificarme. Y así pasan los años. De mi ineptitud brota una filosofía implacable y serena: ¿para qué afanarse en luchas estériles si el premio final es un sepulcro profundo y una nada infinita? Y yo sé que tengo razón.
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