Asumir lo efímero de la existencia – Viktor Frankl

Podríamos decir que la vida del ser humano es un continuo decir adiós. Vivir implica una sucesión constante de despedidas: de momentos, de personas, de etapas. La muerte no es más que el punto final de ese proceso permanente, de ese ir muriéndose poco a poco. Sin embargo, lejos de despojar a la vida de su sentido, la muerte es precisamente aquello que se lo otorga. Solo bajo la presión de la finitud, de la limitación temporal de nuestra existencia, adquiere sentido actuar; y no solo actuar, sino también vivir, amar y soportar con valentía aquello que la vida nos impone sufrir.

Este carácter efímero de la existencia constituye un llamado poderoso y exigente: nos exhorta a esforzarnos por extraer de cada situación el mejor sentido posible, a realizar la posibilidad de sentido que cada circunstancia encierra, desde una actitud de responsabilidad. Solo las posibilidades necesitan ser realizadas, porque son fugaces; pero cuando una posibilidad se consuma, deja de ser efímera y se vuelve imperecedera: se la convierte no solo en un hecho efectivo, sino también en algo eterno.

Ante esto surge una pregunta decisiva: si la vida conserva su sentido a pesar de su carácter efímero, ¿para qué ha de tenerlo? ¿Realmente necesitamos un sentido para vivir? En el fondo, el ser humano es un ser que anhela sentido, un ser orientado al sentido. Cuando logra encontrarlo, es entonces —y solo entonces— cuando puede ser feliz. Quien persigue directamente la felicidad no la alcanza, porque le falta el motivo profundo que la haga posible.

De este modo, quien tiene un sentido ante los ojos no solo es capaz de ser feliz, sino también de sufrir. Muchas formas de desesperación, incluida la depresión, tienen su origen en una falsa identificación: equiparar el estar desempleado con ser inútil, y ser inútil con vivir sin sentido. Esta confusión se ve agravada en la llamada “sociedad del ocio”, donde el tiempo libre mal vivido deja al descubierto un vacío interior que se manifiesta en fenómenos como la depresión del fin de semana o la neurosis del domingo.

Hay personas que sufren no porque deban detenerse, sino porque todavía no han comenzado realmente a vivir su propia vida. En última instancia, toda desesperación surge de una forma de idolatría: convertir un valor relativo en un absoluto. Por ello, es esencial deshacer estos procesos, mantenerse abierto a las múltiples posibilidades de sentido, que pueden cambiar de un momento a otro y que nunca son iguales para todos. La oferta de sentido en la vida es dinámica; exige una mente abierta, un horizonte amplio, una atención despierta para descubrir cuándo y dónde la vida nos presenta una posibilidad —a veces oculta— de sentido.

Cuanto más amplio es el sentido de la vida del que hablamos, menos tangible resulta y más se sustrae a una comprensión puramente racional, limitada y finita. Precisamente por el carácter efímero de nuestra existencia se nos impone el imperativo de realizar esas fugaces posibilidades de sentido antes de que se desvanezcan.

Ahora bien, el sentido no se descubre únicamente a través de la acción o de la realización de una obra. También se revela en la vivencia y en el amor. Vivenciar algo —y, sobre todo, vivenciar a alguien en su singularidad irrepetible— es amar. Amar es reconocer y afirmar la unicidad del otro, y en ello se abre una profunda posibilidad de sentido.

Existen situaciones en las que no podemos cambiar la realidad que nos toca vivir. En tales casos, podemos aprender de quienes nos muestran cómo sobrellevar el sufrimiento. El heroísmo solo tiene sentido cuando el sufrimiento es inevitable; si la causa del sufrimiento puede eliminarse, debe hacerse. La prioridad ética es siempre intervenir activamente para cambiar la situación. Pero cuando esto no es posible, la primacía moral se desplaza a la capacidad de descubrir y realizar un sentido a pesar del sufrimiento, e incluso en el sufrimiento mismo. Así, también es posible crecer interiormente a través del dolor, incluso cuando este proviene de la pérdida o la muerte de un ser querido.

Vivimos, sin embargo, en una sociedad que no busca el sentido ni el valor de la vida, sino su utilidad. Pero el valor de la persona no depende nunca de su utilidad social o funcional. Se funda en su dignidad, en ese valor absoluto que posee todo ser humano. Dicha dignidad no proviene de lo que alguien es capaz de producir en el presente, sino de los valores que ha creado y realizado a lo largo de su vida, valores que ya nadie puede arrebatarle.

Por eso, quien afirma: “Yo no tengo posibilidades, yo tengo realidades”, reconoce que su vida no se sostiene en un futuro incierto, sino en un pasado vivido con sentido. Como aquel que cada día arranca una hoja del calendario, la gira y anota en el reverso lo que ha hecho, lo que ha vivido, lo que ha logrado y lo que ha soportado valerosamente. En esas páginas escritas se conservan, a salvo del paso del tiempo, las realidades que dan testimonio de una vida con sentido.

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