Memorias del subsuelo – Fiódor Dostoyevski
Parte primera: El subsuelo
Sé mejor que nadie que con todo esto sólo me perjudico a mí mismo y a nadie más. Y, sin embargo, si no me pongo en tratamiento es por rabia. Si mi hígado está mal, que se ponga peor. Pero, señores, ¿saben ustedes en qué consistía la razón principal de mi rabia? Precisamente en esto está la cuestión y toda la inmundicia: en que, incluso en el momento de mayor bilis, reconocía vergonzosamente que no sólo no era un hombre malo, sino que ni siquiera estaba verdaderamente furioso; que espantaba a los gorriones en vano y que con eso me consolaba.
No sólo no he logrado hacerme malo, sino que no he logrado convertirme en nada: ni en malo ni en bueno, ni en canalla ni en hombre honrado, ni en héroe ni en insecto. Ahora sobrevivo en mi rincón, burlándome de mí mismo con el inútil y malévolo consuelo de que un hombre inteligente no puede convertirse en otra cosa, y de que sólo un tonto lo logra.
Tengo ahora cuarenta años, y eso es toda una vida; más aún, es la vejez más profunda. Vivir más de cuarenta años es indecoroso, vulgar e inmoral. Díganme sincera y honradamente: ¿quién vive más de cuarenta años? Los tontos y los canallas.
Presté servicios en la Administración únicamente para poder alimentarme. El año pasado murió un lejano pariente mío y me dejó seis mil rublos en herencia; enseguida me retiré del servicio y me instalé definitivamente en mi rincón. Ya antes vivía en él, pero ahora me he asentado para siempre. Mi habitación es detestable, ruin, y está situada en el extremo de la ciudad.
Estoy firmemente convencido de que no sólo un exceso de conciencia, sino cualquier dosis de conciencia, es una enfermedad. El placer procedía aquí exactamente del exceso de conciencia de mi propia humillación: de sentir que había llegado al último extremo; de comprender que, aunque resultara repugnante, no podía ser de otro modo; que no tenía salida y que jamás podría convertirme en otro hombre. Y aun cuando me quedaran tiempo y fe suficientes para cambiar, probablemente no lo desearía; y aunque lo deseara, tampoco lograría nada, pues quizá ya no fuera capaz de convertirme en otra cosa.
Un hombre espontáneo, de esos que actúan sin pensar, lo considero un hombre auténtico, un hombre normal, tal como le hubiera gustado a su más tierna Madre Naturaleza. A un hombre así lo envidio hasta el extremo de echar bilis por la boca. Es un ser estúpido —y sobre esto no pienso discutir—, ya que posiblemente un hombre normal deba ser estúpido.
La Naturaleza no va a consultarlo con usted; poco le importan sus deseos o si le gustan o no sus leyes. Hay que aceptarla tal como es y, por consiguiente, aceptar también todos sus resultados.
El hombre sabe que los gemidos no le aportan ningún beneficio; sabe mejor que nadie que en vano se atosiga e irrita a sí mismo y a los demás; sabe que el público ante el cual representa su papel, y toda su familia, lo escuchan con asco, no le creen ni una palabra y piensan que podría hacerlo de otro modo, más sencillo, sin tanto trino ni quiebro. Y si no lo hace así, es por rabia y porque se divierte con el escarnio.
Ha habido veces en que, al minuto, pensaba con rabia que todo aquello era mentira: una mentira abominable y fingida. Me refiero a los arrepentimientos, a las emociones, a los propósitos de enmienda. ¿Para qué me he martirizado entonces? Porque resulta aburrido permanecer sentado con los brazos cruzados.
¿Qué hacer con los innumerables datos que demuestran que la gente con pleno conocimiento de causa —aquellos que comprenden perfectamente cuáles son sus verdaderos intereses— los relegan y se precipitan por otro camino, en pos del riesgo y del azar, sin que nadie los obligue, como si sólo desearan esquivar el camino señalado y probar otro más difícil, disparatado y oscuro?
El hombre es un ser superficial y deshonesto que, como el jugador de ajedrez, disfruta más del camino que conduce al fin que del fin mismo. ¿Por qué están tan firmemente convencidos de que al hombre sólo le resulta beneficioso lo normal y próspero? ¿No se equivoca la razón al calcular las ventajas? ¿Y si el hombre no sólo ama la prosperidad, sino también el sufrimiento? ¿Y si el sufrimiento le aporta ventajas equivalentes?
Todos los hombres guardan recuerdos que no desvelan a cualquiera, sino sólo a los amigos. Hay otros que no confiesan ni siquiera a los amigos, sino sólo a sí mismos, en secreto. Y, finalmente, existen cosas que el hombre teme desvelarse incluso a sí mismo; y todo hombre respetable alberga en su interior una buena cantidad de ellas.
Parte segunda: A propósito del aguanieve
Un hombre honesto e instruido no puede ser vanidoso sin exigir a veces infinitamente de sí mismo y sin menospreciarse hasta llegar a odiarse.
Yo odiaba sinceramente mi trabajo de funcionario, y si no demostraba mayor desprecio era porque me era imprescindible para vivir y porque me pagaban por estar sentado. Mi amistad con los compañeros no duraba: los mandaba al diablo sin esperar demasiado. Por inexperiencia, incluso dejé de hacerles reverencias; les cortaba en seco. Generalmente, siempre estaba solo.
Aquello era un tormento constante, una humillación insoportable que pasaba de la idea al sentimiento inmediato de que yo era una mosca: una vil e inútil mosca para todo el mundo; más inteligente, más culta y más noble que nadie, desde luego, pero una mosca al fin, humillada y ofendida por todos.
Cuando terminaba el ciclo de mi libertinaje, me asaltaban terribles náuseas. Aunque estaba arrepentido, rechazaba ese sentimiento por lo desagradable que me resultaba. Poco a poco me acostumbré a todo, o mejor dicho, me conformé voluntariamente con soportarlo.
Como no me parecía a mis compañeros, me recibían con burlas maliciosas y despiadadas. Yo no las soportaba ni podía relacionarme con ellos con ligereza. Les tomé odio y me encerré cada vez más en mi amor propio herido y desmesurado. Para librarme de sus burlas, comencé a estudiar con ahínco y me situé entre los primeros de la clase. Esto les inspiró respeto: comprendieron que leía libros que a ellos ya no les eran accesibles y que entendía cosas de las que jamás habían oído hablar.
Al salir de la escuela quise romper con todo, incluso con la especialidad para la que me había preparado. Maldije el pasado y quise reducirlo a cenizas.
De lo mal que me sentía bebía jerez y otros licores en exceso. Me embriagué rápidamente y con la embriaguez creció mi enojo. De pronto quise ofenderlos del modo más grosero posible y marcharme. Necesitaba demostrar quién era yo, para que dijeran: «aunque parezca ridículo, es inteligente». Y, en una palabra, que se fueran al demonio.
A veces una idea venenosa se me clavaba en el corazón: pensaba que dentro de diez, veinte o cuarenta años recordaría aquellos minutos con repugnancia y humillación, como los más puercos y terribles de mi vida. Y eso llega pronto. No confíes en la eterna juventud: el tiempo pasa volando.
Te echarán. Antes te reprocharán, te regañarán, como si no hubieras entregado tu salud, tu juventud y tu alma gratuitamente. Al morir, todos te abandonarán, porque ya no esperan nada de ti. Te reprocharán incluso que ocupas una habitación gratis y que tardas en morirte. Pedirás agua y te la darán blasfemando.
Hasta que toda esa figuración se volvía repugnante y acababa burlándome de mí mismo.
Estamos tan desligados de la vida que sentimos aversión hacia la auténtica “vida viva”. La tomamos por un trabajo y creemos que es mejor vivir según los libros. Nos pesa ser hombres reales, de carne y hueso; nos avergonzamos de ello y queremos convertirnos en otra especie. Hemos nacido muertos y cada vez nos gusta más. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas.
Pero basta. No quiero escribir más desde el subsuelo.
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