El colosal negocio de las vacunas- Daniel Espinosa (Hildebrandt en sus Trece N°598).
Eso de que hay que creer en la ciencia en un malvado ardid. La ciencia es, justamente para incrédulos y escépticos, quienes solo son convencidos con evidencias. Durante la pandemia, muchas instituciones con escasa confianza oública se aprovecharon de esta infame tendencia a "creen en la ciencia" para hacerse de un poco de la confianza perdida, consiguiendo obediencia y aceptación masiva para unas políticas (cuando menos) cuestionables.
Simplemente había que fingir que se la seguía rigurosamente, que la ciencia y el bien común eran, respectivamente, la única directriz y el único norte. Ahora sabemos de buena fuente que lo que guió las medidas pandémicas fue la sucia política de siempre, aquella que ha producido esta merecida crisis de confianza en las instituciones tradicionales.
El tinglado de intereses al que nos referimos está compuesto más o menos así: entidades reguladoras capturadas, gobiernos obedientes -o demasiado precarios o timoratos como para negarse a acatar el guion globalizado-, instituciones internacionales opacas, gigantes farmaceútics sin límites éticos -acostumbrados a comprar científicos por docena y a sobornar funcionarios-, sus expertos mediáticos y, finalmente, multimillonarios "filántropos" dirigiendi el circo desde poderosísimas fundaciones privadas.
En el núcleo de este tinglado se encuentra una prensa corporativa financiada por la industria farmaceútica y los miles de millones de dólares que invierte en publicidad cada año (en 2020 en EE.UU.,por ejemplo, fueron 6,500 millones). Este periodismos está completamente incapacitado para cualquier análisis objetivo de los intereses que le han dado forma a la respuesta pandémica a nivel global, pues muchos de los protagonistas son sus clientes. Sería ingenuo esperar de esta prensa otra cosa que los comunicados de relaciones públicas de Moderna o Pfizer; tampoco sería sensato esperar que citen o entrevisten a expertos que cuestionen una sola de las políticas -entre absurdas y brutales- que mencionamos a continuación.
Como dijimos, las denuncias recogidas esta vez vienen desde adentro de instituciones como la FDA y la CDC estadounidenses, agencias reguladoras largamente capturadas por las farmaceúticas privadas del primer mundo y, debido a ello, un peligro fundamental para la salud pública del gigante del norte y el mundo entero.
Los que varios denunciantes de estas dos instituciones indicaron es que las cabezas de las agencias están usando información débil o errónea para tomar decisiones de salud pública de importancia crítica. Estas decisiones obedecen a lo que Washington o la administración Biden consideren políticamente conveniente. Y se han enfocado de manera miope en el virus, en lugar de en la salud de manera integral.
Con respecto a la vacuna infantil, un alto funcionario de la CDC, experto en evaluación de información clínica, bromeó: "Uno podría inyectarles la vacuna o tirárselas en la cara y el beneficio sería el mismo".
Darle refuerzos a todo el mundo, de manera indiscriminada y usando una cepa del virus desfasada, podía prolongar la pandemia.
Otro asunto de central importancia es el de la inmunidad natural, donde resalta el descaro con el que estas agencias reguladoras ignoraron su existencia y la eliminaron de cualquier ocasión al momento de diseñar sus medidas de paliación.
¿Por qué forzar vacunas y varias rondas de refuerzos en una población ya inmunizada naturalmente? Porque eso produce billetes verdes y nos va acostumbrando a la macabra idea de que la inmunidad a los virus que pululan por la Tierra debe ser comprada a las farmaceúticas privadas en planes semestrales. Nuestro sistema inmune convertido en otro servicio a comercializar, como la luz o el wi-fi.
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