Vida eremítica – Pablo Giustiniani

 

PENSAMIENTOS

El eremita es un solitario que busca siempre a Dios y, por ello, es un alma contemplativa. San Romualdo dio a los monjes la posibilidad de vivir en soledad sin perder el “bien de la obediencia”, que es el tesoro de la vida monástica, y sin separarse de la práctica de la caridad fraterna.

San Romualdo quiso una vida esencialmente solitaria para buscar a Dios en una soledad sagrada, enteramente consagrada a Él. Para buscar a Aquel que es inaccesible, el eremita mismo se vuelve inaccesible.

LA CELDA

En esa pequeña aldea hay una soledad todavía más perfecta: la celda donde vive cada eremita. Esa es su propia soledad.

La celda es el lugar del silencio, de la estabilidad, del recogimiento, de la mortificación, del trabajo, del ayuno, de las vigilias y de la oración. Así, el alma se desprende de todo lo que no es Dios.

La discreción enseña a no ser cobardes ni hundirse en el abismo de la vanidad, el orgullo o la presunción.

Pablo Giustiniani, como los Padres de la Iglesia, veía la vida eremítica como el camino exclusivo hacia la contemplación.

El eremita no guarda secretos ni misterios; su realidad es la humildad y la pobreza en Cristo, y la certeza de que Dios levanta a los caídos.

El fruto del eremita en la Iglesia depende de su fidelidad al llamado a la soledad, a la oscuridad y a la humillación con Cristo.

La vida cenobítica (comunitaria) y la eremítica (solitaria) se complementan mutuamente. La vida contemplativa exige y se confunde con la vida eremítica.

En otro tiempo, la vida eremítica era considerada la más hermosa e ilustre dentro de la religión católica y del estado religioso, pero ha perdido mucho ante el mundo actual.
La “vida contemplativa” no es la visión beatífica que esperamos después, ni el éxtasis espiritual de algunas almas, sino un modo de vida en el cual, habiendo renunciado a toda preocupación temporal, uno se ocupa sólo de sí mismo y de Dios:
sibi soli et Deo vacat, en una continua meditación de las realidades eternas.

Los que deseaban llevar vida eremítica buscaban lugares solitarios, pero las guerras y el deseo de ayudar a los laicos los llevaron a abandonar sus soledades sagradas y mezclarse con la multitud. Dejaron un paraíso de delicias para entrar en una prisión de miserias.

EL LLAMADO DE CRISTO

La vida eremítica exige una vocación tan manifiesta como perfecta y difícil.
(Un monje decía a fines del siglo XX: “Si para una vocación sacerdotal Dios elige a uno entre miles de cristianos, para una vocación eremítica elige a uno entre millones”).

Para conocer esta vocación, es necesario saber qué no es vocación.
Hay quienes, sin sentir devoción, deseo de conversión ni celo por la gloria de Dios, quieren entrar en religión buscando comodidades, descanso, estudio o seguridad material.

Hijo mío, si vas a servir a Dios, no prepares tu alma para las delicias ni las dignidades, sino para las tentaciones y las pruebas.” Jesucristo no ofrece comodidades a quien lo sigue, sino dificultades; no gloria, sino desprecios, injurias y calumnias.

Quien entra en religión para ser servido y no para servir, para descansar y no para trabajar, debe oír: “Vete, hermano, vete. Si piensas hallar reposo, encontrarás inquietud. Si esperas alabanzas, recibirás desprecios. Si buscas cargos, vivirás en servidumbre perpetua.”

La vocación es gracia y elección de Dios. El hombre sólo puede consentir ese llamado.
“No eres tú quien me ha elegido —dice el Señor—, sino Yo quien te he elegido.”

Dios llama de muchos modos: por inspiración interior, por el ejemplo, por exhortaciones, por la prosperidad o la adversidad. Si escuchas su llamado, síguelo: de ello depende tu felicidad eterna. Si has empuñado el arado, ¡no mires atrás!

La vocación es exigente: respeta la libertad, pero crea obligación. No requiere señales extraordinarias, sólo buscar a Dios con serenidad y generosidad. No se puede seguir a Cristo y al mundo a la vez. La verdadera vocación exige ruptura.

Como don divino, la vocación concede la fuerza y la salud necesarias. Muchos, aun siendo débiles, han superado su fragilidad y se han fortalecido en la vida eremítica.

LA PREDICACIÓN SIN PALABRAS

El eremita busca la gloria de Dios y la salvación del prójimo, no con palabras, sino con su vida. Renunciando a todo, anuncia el Reino con sus obras y su ejemplo.

Su vida se asemeja a la del mártir: abandona riquezas, placeres y honores; habita en desiertos, practica austeridad, ayuno y oración. Vive sin otro plan que seguir la cruz de Cristo.

La inactividad de María fue más fecunda que cualquier trabajo: más útil es dar ejemplo que predicar. El alma en reposo está más libre y tranquila; por eso la vida oculta vale más que la pública.

El mayor bien al género humano lo hace quien ayuda en las cosas del alma y en la vida eterna.

LA VIDA EREMÍTICA

El eremitismo es la vida en soledad por excelencia. Su mayor exigencia es conservar esa soledad, que se convierte en fortaleza y liberación. “La soledad —decía— conduce de la miseria humana a la felicidad de los ángeles.” El solitario se abstiene del trato humano sólo para hablar con su Creador y consigo mismo.

El silencio es condición de la verdadera soledad: sin silencio, no hay soledad. El eremita mantiene su celda limpia y ordenada, cuida su cuerpo, sus ropas y su jardín.

El mundo cree que el solitario está ocioso, pero él mismo dice:
“Cuanto más solo estoy, menos ocioso me hallo. Es cuando no estoy solo que me siento inerte y triste.” “Nunca me parecen tan cortos los días ni tan breves las noches como cuando, libre de ocupaciones, puedo gozar de la dulce soledad.” Debe aprender a estar consigo mismo, abstenerse de conversaciones mundanas y hablar siempre de Dios.

LAS OCUPACIONES DEL EREMITA

La soledad libera al eremita de las ocupaciones ordinarias y se convierte en un descanso lleno de laboriosidad (negotiosissimum otium). Dedica su tiempo al trabajo manual, la oración, la lectura y las disciplinas espirituales, de modo que el día y la noche le parezcan breves. Vive con sencillez, sobriedad y humildad, practicando vigilias y mortificación.

El eremita afirma: “Cuanto más solitario estoy, más ocupaciones me asedian. Ninguna vida es tan activa y laboriosa como la del solitario servidor de Dios.” Piensa con amargura en los días mal empleados, vence sus pasiones, confía el futuro a Dios y se prepara para la muerte.

EL ÚNICO MAESTRO

Para las almas religiosas, el estudio estimula todas las virtudes.

LA ORACIÓN SIN MÉTODO

No son verdaderos eremitas quienes no se dedican diariamente a la lectura, la meditación y la oración. La lectura debe ser profunda; la meditación, un diálogo reflexivo con Dios. La oración no consiste sólo en pedir: muchas veces es más auténtica cuando nada se pide.

Dominar el espíritu, desprenderse del mundo, renunciar a los afectos y vivir sólo con Cristo: he ahí la verdadera oración.

El equilibrio es esencial: ni excesiva dureza ni exceso de cuidado del cuerpo.
La mortificación auténtica consiste en aceptar con alegría las dificultades cotidianas: el frío, la lluvia, la incomodidad. La vida eremítica no busca penitencias extraordinarias, sino la aceptación serena de lo ordinario.

EL DESPOJAMIENTO

La perfección cristiana se resume en dos puntos: amarse unos a otros y renunciar a todo para seguir a Cristo, en obediencia, castidad y pobreza.

La vida en común ofrece ocasión para la caridad fraterna y el desapego; la vida eremítica lleva esa pobreza a su máxima pureza, reduciendo todo a lo esencial.

La pobreza eremítica es simplicidad: eremitica puritas. El eremita no posee nada, usa sólo lo necesario y deja todo como lo encontró. Nada debe estar bajo llave. No busca riquezas terrenales, sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Desea ver llegar a otros, no cargados de oro y plata, sino llenos de virtudes.

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