Caminar y una vida sin principios — Henry David Thoreau

Cuando recuerdo que los artesanos y comerciantes no solo permanecen en sus establecimientos toda la mañana, sino también toda la tarde —muchos de ellos sentados como si las piernas hubieran sido hechas para no caminar—, no puedo evitar pensar que es admirable que no se hayan suicidado hace ya mucho tiempo. Si lo que desean es ejercitarse, deberían buscar las verdaderas fuentes de la vida, en lugar de limitarse a levantar mancuernas sin aventurarse jamás hacia esas praderas lejanas donde la vitalidad brota con naturalidad.

Las manos callosas del trabajador conocen una dignidad y un heroísmo más profundos que los dedos ociosos, incapaces de tocar la experiencia real. Solo el sentimentalismo puede pasar el día en cama creyéndose puro, lejos del bronceado y de los callos que deja la vida vivida. Por mi parte, dondequiera que habite, si a un lado está la ciudad y al otro la naturaleza, siempre elegiré refugiarme en lo salvaje.

Hacia el este viajamos para comprender la historia y estudiar las obras humanas; hacia el oeste avanzamos como quien se dirige al futuro, con espíritu de aventura. Una piel curtida por el sol es más respetable que la palidez artificial: el hombre, habitante de los bosques, encuentra en la naturaleza su forma más auténtica. No es extraño que el hombre pálido despierte compasión; incluso Darwin observaba que un europeo junto a un tahitiano parecía una planta descolorida frente a otra que crece vigorosa al aire libre.

Mi espíritu se eleva con la vastedad del paisaje: dadme el océano, el desierto o las tierras salvajes. Allí, el aire puro y la soledad compensan cualquier carencia. En esos espacios, incluso los licores resultan innecesarios: hay un goce intenso en la simple existencia. La tierra que nutre a los árboles también nutre al hombre; necesita amplitud, horizonte, contacto con lo vivo.

Así como el pato salvaje supera al doméstico en belleza y agilidad, también el pensamiento salvaje es más libre y elevado. En pocas palabras, todo lo bueno es salvaje y libre. Prefiero hombres indómitos como amigos y vecinos, antes que espíritus sumisos. La aparente fiereza del salvaje no es sino un reflejo tenue de la intensidad con la que los hombres verdaderamente vivos aman y actúan.

Aunque los hombres parecen similares, fueron creados para ser diversos; sin embargo, sus nombres resultan a menudo triviales, como etiquetas sin significado real. Es lamentable llevar un nombre sin haber ganado una identidad auténtica. A veces, incluso la ignorancia puede ser hermosa, mientras que el conocimiento superficial suele ser inútil y desagradable.

La mayoría de los hombres se inclina hacia la sociedad, pero unos pocos sienten una atracción profunda por la naturaleza. En su relación con ella, muchos hombres resultan inferiores a los animales, incapaces de apreciar la belleza del mundo. Los antiguos llamaron al universo Cosmos, es decir, orden y belleza, pero nosotros apenas comprendemos esa idea.

Vivimos en un mundo de negocios, dominado por un incesante ajetreo. Todo es trabajo, trabajo, trabajo. Incluso los objetos más simples parecen diseñados para el cálculo y la ganancia. Este frenesí es más contrario a la vida que cualquier crimen, pues se opone a la poesía, a la filosofía y al verdadero sentido de existir.

Si un hombre camina por el bosque por amor a la naturaleza, es considerado un vagabundo; pero si dedica su vida a explotarlo, se le llama ciudadano ejemplar. Muchos trabajos no son más dignos que lanzar piedras de un lado a otro sin propósito real. Los medios de ganarse la vida, casi sin excepción, degradan al hombre: hacer algo solo por dinero es una forma de ociosidad moral.

Quien trabaja únicamente por un salario se engaña a sí mismo. Incluso el escritor o conferenciante que busca popularidad debe rebajarse. La sociedad paga mejor los servicios más indignos, como si recompensara lo inferior en el hombre. Por eso valoro mi libertad: mis pocas obligaciones sociales han sido ligeras, y el trabajo que realizo suele ser un placer, no una carga.

Si tuviera que vender mis días enteros a la sociedad, no me quedaría nada por lo que vivir. El frío y el hambre me resultan más naturales que los métodos artificiales con que los hombres intentan evitarlos. En realidad, la forma en que la mayoría vive no es más que un arreglo provisional, una evasión del verdadero propósito de la existencia.

Nos obsesionamos con la experiencia personal y las noticias diarias, pero estas no son más que partículas insignificantes que se adhieren a nuestras mentes sin verdadero valor. Seguimos siendo provincianos en espíritu, porque no buscamos la verdad, sino su reflejo, y nos dejamos absorber por los medios —negocios, comercio, producción— olvidando los fines.

Incluso los modales más refinados resultan torpes frente a una inteligencia superior. Son simples vestigios del pasado, formas vacías que reclaman un respeto que ya no merecen. Quien insiste en mostrar sus modales o convenciones actúa como quien enseña una colección de curiosidades, cuando lo que realmente importa es el ser humano que hay detrás.

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