Cómo mejorar su autoestima- Nathaniel Branden
La autoestima es la valoración profunda que una persona tiene de sí misma y determina la manera en que enfrenta la vida. Tener una autoestima alta significa sentirse apto y valioso, capaz de afrontar los desafíos cotidianos con confianza y dignidad. Por el contrario, una autoestima baja implica sentirse inadecuado, equivocado no solo en determinadas acciones, sino como persona. Entre ambos extremos existe un estado intermedio en el que la persona fluctúa entre momentos de seguridad y episodios de inseguridad, actuando a veces con sensatez y otras de manera contradictoria, reforzando así sus dudas internas.
La verdadera autoestima no depende del reconocimiento externo ni de los logros materiales o sociales. El aplauso de los demás, el éxito profesional, el conocimiento, la apariencia física, las posesiones, el matrimonio, la paternidad, las conquistas o los premios pueden generar satisfacción temporal, pero no constituyen la esencia de una autoestima sólida. Esta debe entenderse como un logro interior, una conquista de la conciencia y de la relación honesta con uno mismo. Cuando comprendemos esto, dejamos de creer que solo alcanzaremos paz interior al obtener más reconocimiento, más éxito o más aprobación externa.
Asimismo, la autoestima auténtica no se manifiesta mediante la arrogancia, la jactancia o el deseo de sentirse superior a los demás. Estas actitudes suelen ocultar inseguridad y una percepción distorsionada de sí mismo. Una autoestima saludable nace del uso consciente de nuestras capacidades, de la honestidad frente a la realidad, de la integridad personal y de las decisiones que tomamos día a día. No depende de talentos excepcionales ni de una inteligencia sobresaliente, sino de la manera en que cada persona vive y se relaciona consigo misma.
Parte fundamental de este proceso es la autoaceptación. Aceptarse no significa resignarse ni dejar de desear mejoras, sino reconocer la realidad tal como es. Significa aceptar el propio cuerpo, las emociones, pensamientos y conductas sin negarlos ni rechazarlos. Cuando dejamos de luchar contra lo que somos y nos abrimos a nuestra experiencia con honestidad, comenzamos a sentir mayor calma y autenticidad. La aceptación sincera permite trascender emociones negativas como el miedo, la ira o la envidia, porque deja de alimentarlas mediante la negación.
Aceptar nuestras experiencias internas también implica comprender que lo que pensamos, sentimos y hacemos expresa quiénes somos en un momento determinado, aunque no define de manera definitiva nuestra identidad. Por ello, al evaluar nuestra conducta es importante preguntarnos desde qué criterios nos juzgamos, si son verdaderamente nuestros o impuestos por otros, y considerar el contexto y las circunstancias que influyeron en nuestras decisiones. Comprenderse no significa justificar cualquier acción, sino mirarse con honestidad y profundidad.
Reconocer nuestras virtudes y sentir satisfacción por ellas tampoco equivale a la vanidad. Una autoestima sana nos permite valorar nuestros logros sin minimizar lo que somos ni disculparnos por ello. Del mismo modo, implica asumir la autorresponsabilidad: reconocer que somos responsables de nuestras elecciones, de cómo utilizamos nuestro tiempo, de nuestras relaciones, de nuestro bienestar físico, emocional, intelectual y espiritual, así como del sentido que damos a nuestra vida y de nuestra felicidad. Ser responsable no significa vivir culpándose, sino reconocerse como el principal agente de la propia existencia.
Sin embargo, esta responsabilidad debe ejercerse con equilibrio. Es necesario distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que está fuera de nuestro control. Asumir responsabilidades ajenas o negar las propias perjudica la autoestima. También es importante recordar que, aunque no podamos controlar las acciones de los demás, sí somos responsables de nuestra actitud y de nuestras respuestas frente a ellas.
La buena autoestima exige coherencia entre el mundo interior y la conducta externa. Implica vivir de acuerdo con los propios valores y actuar de forma congruente. Del mismo modo, comprender a los demás requiere ir más allá de etiquetas simplistas y entender el contexto que da sentido a sus acciones. Las personas con una autoestima elevada suelen relacionarse con mayor respeto, generosidad y amabilidad, mientras que quienes viven dominados por la inseguridad tienden a percibir el mundo como hostil y amenazante. Quien no se valora difícilmente puede ofrecer amor genuino a los demás.
A medida que una persona fortalece su autoestima, comienzan a manifestarse cambios visibles en su manera de vivir. Su rostro, su forma de hablar y de moverse reflejan mayor naturalidad y placer por existir. Se vuelve más capaz de reconocer tanto sus logros como sus imperfecciones con sinceridad, sin necesidad de aparentar perfección. También desarrolla mayor apertura hacia las críticas, las nuevas ideas y las experiencias desconocidas. La vida deja de percibirse como una amenaza y comienza a asumirse como una oportunidad de crecimiento y descubrimiento.
Del mismo modo, los sentimientos de angustia o inseguridad pierden fuerza, porque la persona confía más en sí misma y en su capacidad para enfrentar dificultades. Surge una actitud más flexible, creativa y espontánea frente a los desafíos. La relación consigo mismo se vuelve más armónica y auténtica, permitiéndole disfrutar con mayor plenitud tanto de su propia existencia como de la compañía de los demás.
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