La procrastinación eficiente- John Perry

El procrastinador estructurado no es alguien que no hace nada, sino alguien que consigue hacer muchas cosas dejando de hacer otras. La procrastinación rara vez adopta la forma de una inactividad absoluta. Lo habitual es que el procrastinador se mantenga ocupado en tareas ligeramente útiles: ordenar papeles, cuidar el jardín, afilar lápices, reorganizar archivos o diseñar sistemas perfectos para empezar a trabajar “de verdad”. Estas actividades funcionan como sustitutos; son maneras de evitar algo más importante y, sobre todo, más exigente.

En el fondo, la procrastinación suele estar estrechamente ligada al perfeccionismo. Sin embargo, muchos procrastinadores no se reconocen como perfeccionistas porque nunca han producido algo que consideren perfecto. Creen, equivocadamente, que el perfeccionismo consiste en realizar tareas impecables. En realidad, el perfeccionismo opera de otro modo: impone estándares tan elevados e intimidantes que paraliza la acción antes incluso de empezar. La tarea se vuelve tan enorme, tan cargada de expectativas, que cualquier intento parece insuficiente desde el principio.

La procrastinación termina funcionando, paradójicamente, como un mecanismo para escapar de esas fantasías de perfección. Mientras el plazo parece lejano, existe la ilusión de que todavía hay tiempo para realizar un trabajo exhaustivo, erudito y perfecto. Pero cuando la fecha límite se aproxima, esa fantasía se vuelve imposible. Ya no queda tiempo para alcanzar la perfección y entonces surge una alternativa más modesta: hacer un trabajo simplemente adecuado. Las fantasías de perfección son reemplazadas por fantasías de fracaso absoluto y, precisamente por eso, el procrastinador logra finalmente ponerse a trabajar.

Para controlar estas fantasías perfeccionistas resulta útil practicar una especie de triaje de tareas. Algunas actividades pueden abandonarse sin culpa; otras pueden posponerse; y otras merecen comenzarse aceptando desde el inicio que el objetivo no será la perfección, sino un trabajo suficientemente bueno. Este cambio de perspectiva es esencial, porque permite actuar sin quedar atrapado por expectativas imposibles.

La organización práctica también desempeña un papel importante. Una lista de prioridades puede ayudar, siempre que sea entendida como una herramienta a largo plazo. Los proyectos que contiene pueden ocupar días, semanas o incluso meses. Conviene además dividir cada tarea —grande o pequeña, extraordinaria o rutinaria— en subtareas simples y manejables. Aunque esto produzca listas extremadamente detalladas, completar pequeñas acciones genera una sensación de avance y logro que facilita continuar. Incluso puede resultar útil incluir en la lista ciertas tareas que deliberadamente no se harán, como una forma consciente de ordenar prioridades y reducir la ansiedad.

Sin embargo, el procrastinador moderno encuentra en el ordenador una tentación permanente. El correo electrónico, las redes y la navegación interminable por internet facilitan invertir horas en actividades que parecen productivas, pero carecen de verdadero valor. La tecnología multiplica las oportunidades de evasión sin que la evasión parezca ocio.

Algunos procrastinadores desarrollan métodos peculiares para convivir con este problema. El llamado “organizador horizontal”, por ejemplo, consiste en mantener visibles sobre una mesa todos los proyectos en curso. Para ciertas personas, guardar algo en una carpeta equivale prácticamente a hacerlo desaparecer. El problema no es perderlo físicamente, sino dejar de buscarlo. Tener las tareas extendidas frente a los ojos actúa como un recordatorio constante y permite sostener una relación más directa con el trabajo pendiente.

La procrastinación adopta también formas distintas según la personalidad. En el ámbito académico, por ejemplo, suele aparecer vinculada a una cierta arrogancia intelectual. Algunos académicos no consideran su procrastinación como un defecto, sino como una sofisticada ordenación de prioridades que los demás son incapaces de comprender. Existe en ello algo del espíritu descrito por Dostoyevski en Memorias del subsuelo: el impulso autodestructivo de actuar contra lo razonable para demostrar que uno no es una máquina obediente. Pero también influye la convicción de que las reglas comunes no se aplican a los grandes pensadores, incluso cuando incumplirlas perjudica a otros.

El procrastinador estructurado, en cambio, suele ser más humilde. Se siente incómodo cuando retrasa a los demás o incumple compromisos. Su procrastinación no nace tanto de la arrogancia como de la tensión entre el deseo de hacer algo muy bien y la dificultad de comenzar. Por eso puede pensarse que el procrastinador arrogante y el procrastinador estructurado son, en realidad, subespecies diferentes.

Todo esto revela algo más profundo sobre la naturaleza humana. Heráclito afirmaba que nadie puede entrar dos veces en el mismo río. La observación es perspicaz, aunque incompleta. Podemos entrar dos veces en el mismo río, aunque el agua será distinta; y también podemos ser la misma persona dos veces, aunque nuestros pensamientos y emociones hayan cambiado. Las personas no somos entidades perfectamente racionales y coherentes, sino conjuntos variables de deseos, impulsos, creencias y estados de ánimo que compiten entre sí en cada momento.

Por eso quizá sea más exacto decir que el ser humano no es un animal racional, sino un animal racionalizador. Aristóteles confiaba en nuestra capacidad de deliberar y actuar racionalmente, y sin duda poseemos esa facultad en mayor grado que muchos animales. Pero eso no significa que seamos máquinas lógicas. La mayor parte del tiempo actuamos movidos por deseos contradictorios, hábitos, caprichos y justificaciones improvisadas. La razón suele intervenir después, organizando y explicando decisiones que ya estaban tomadas emocionalmente.

En este sentido, la vida individual se parece a lo que Friedrich Hayek observaba sobre las sociedades. Muchas de las formas más eficaces de organización —como el lenguaje o el mercado— no fueron diseñadas deliberadamente por nadie, sino que surgieron espontáneamente de innumerables acciones humanas. Algo parecido ocurre con nuestra manera de vivir y trabajar. A menudo no sabemos realmente cuál es la mejor forma de emplear el tiempo. Lo que parece una pérdida inútil puede terminar siendo más fértil que el trabajo disciplinado y eficiente. Tal vez pasar horas soñando despiertos con un proyecto improbable acabe resultando más valioso que completar una serie de artículos, informes o memorandos destinados a ser olvidados.

La procrastinación estructurada, vista así, no es simplemente un defecto moral ni una falla de disciplina. Es una forma compleja y profundamente humana de negociar entre nuestras ambiciones, nuestros miedos, nuestras limitaciones y nuestros deseos contradictorios.

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